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Siempre pongo a los demás primero y ya no sé qué es lo que yo quiero: terapia existencial

  • Foto del escritor: ExistencialMente
    ExistencialMente
  • 14 jun
  • 4 min de lectura

Lo notas en cosas pequeñas. Alguien te pregunta dónde quieres cenar y, antes de pensar qué te apetece a ti, ya estás calculando qué le vendría bien al otro. Te ofrecen elegir película, plan, fecha, y dices «lo que tú prefieras» no por cortesía, sino porque de verdad no encuentras la respuesta. En algún momento dejaste de tenerla. Y lo que más desconcierta no es el cansancio: es darte cuenta de que, si te quitaran a todas las personas a las que cuidas, no sabrías muy bien quién quedaría ahí.

No es que seas una persona sin criterio. Es que has pasado tanto tiempo leyendo lo que necesitan los demás que esa se ha vuelto tu forma de estar en el mundo. Y funciona: te hace fiable, querida, imprescindible. Hasta que un día funciona demasiado bien y te das cuenta de que has desaparecido dentro de tu propia vida.


Cómo se llega hasta aquí sin darse cuenta

Anteponer a los demás no suele ser una decisión que tomes una mañana. Es algo que se aprende, normalmente pronto, y casi siempre porque en algún momento fue útil. Quizá creciste en una casa donde tu calma dependía de la calma de otro. Quizá aprendiste que pedir generaba conflicto y que adelantarte a las necesidades ajenas lo evitaba. Quizá te trataron mejor cuando eras la que no daba problemas.

Sea cual sea la historia, el mecanismo es el mismo: aprendiste a orientarte hacia fuera. A medir tu valor por lo que aportas a otros. Y cuando algo te ha servido durante años para sentirte segura y querida, no lo sueltas sin más, aunque ahora te esté costando caro.


El precio que no aparece en la factura

Lo difícil de este patrón es que apenas duele al principio. Es generoso, es admirable, todos lo aplauden. El precio llega despacio. Empiezas a notar una irritación que no sabes de dónde sale. Resentimiento hacia personas que no te han hecho nada, salvo aceptar lo que tú misma ofreciste. Una sensación de vacío justo después de haber hecho algo bueno por alguien. Y, sobre todo, una pregunta que aparece en los momentos de silencio: ¿y yo qué quiero?, seguida de un silencio incómodo, porque no tienes la respuesta a mano.


Por qué «quererte más» no es la solución que parece

Aquí es donde muchos consejos se quedan cortos. Te dirán que pongas límites, que aprendas a decir que no, que te pongas en primer lugar. No está mal como idea, pero trata el síntoma sin mirar lo de debajo. Poner un límite cuando no sabes qué quieres proteger es una orden vacía. El «no» sale forzado, y a la primera de cambio vuelves al «lo que tú prefieras», esta vez con culpa añadida.

El problema de fondo no es que te falte técnica para decir que no. Es que has perdido el contacto con la pregunta anterior: qué quieres tú, qué te importa, qué clase de vida querrías estar viviendo si no estuvieras todo el rato pendiente de sostener la de los demás. Sin esa brújula, cualquier límite es un gesto suelto.


Qué mira la terapia existencial en todo esto

Desde una mirada existencial, este patrón no se lee como un defecto de carácter que haya que corregir, sino como una forma concreta de habitar tu libertad: la has puesto, casi entera, al servicio de otros. Es una manera de existir que tiene su lógica y su historia, no una falla que reparar.


La pregunta existencial no es «¿cómo dejo de complacer?», sino una más incómoda y más honesta: si tu vida es tuya, ¿qué estás eligiendo hacer con ella? Sartre insistía en que somos responsables incluso de aquello que sentimos como un automatismo: anteponer siempre al otro también es una elección, aunque no se viva como tal. Nombrarla como elección no es para culparte; es justo lo contrario. Es lo que devuelve algo de poder a unas manos que llevan tiempo creyendo que no lo tienen.


Y hay otra cosa que el enfoque existencial se toma en serio: el miedo que hay debajo. Porque si dejas de ser la que cuida, la que sostiene, la imprescindible, ¿quién eres? Esa pregunta da vértigo, y muchas personas prefieren seguir agotadas antes que mirarla. En terapia, ese vértigo no se esquiva. Se acompaña, despacio, hasta que deja de ser un abismo y empieza a ser un espacio donde por fin cabes tú.


Qué empieza a cambiar cuando lo nombras


No es un cambio de la noche a la mañana, y desconfía de quien te lo prometa así. Pero sí ocurren cosas concretas cuando empiezas a mirar este patrón en lugar de seguir ejecutándolo.

Empiezas a notar la diferencia entre dar porque quieres y dar porque no sabes hacer otra cosa. Recuperas, primero a tientas, respuestas pequeñas a la pregunta de qué quieres: un plan que te apetece, una opinión que sostienes, un «no» que no necesita justificación de tres párrafos. Y descubres que las relaciones que de verdad te sostienen no se rompen porque dejes de desaparecer en ellas. A veces, incluso, mejoran, porque por fin hay alguien real al otro lado.


Si te reconoces en esto


No hace falta que llegues a terapia sabiendo qué quieres. Casi nadie llega así. Llegar diciendo «me he perdido de vista y no sé por dónde empezar» ya es, en sí mismo, el principio de volver a aparecer.

Si quieres ver cómo se trabaja esto con calma y sin fórmulas, puedes mirar la terapia existencial individual online o escribirnos desde contacto.

No para que te demos la respuesta, sino para empezar a ordenar tus propias preguntas.

 
 
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