Hacerse mayor y la pregunta por el sentido de lo vivido
- ExistencialMente
- 18 jun
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Hay una etapa de la vida en la que las preguntas cambian de forma. Ya no son "¿qué quiero llegar a ser?", sino algo más callado y más hondo:
"¿para qué ha sido todo esto?".
Aparece cuando los hijos hacen su vida lejos, cuando el trabajo que ordenaba los días ya no está, cuando empiezan a faltar nombres en la agenda y el cuerpo recuerda, con sus achaques, que el tiempo no es infinito.
Hacerse mayor no es solo una cuestión de salud o de soledad, aunque también lo sea. Es, sobre todo, encontrarse de frente con preguntas sobre el sentido de lo vivido que durante años quedaron tapadas por la prisa de vivir.
La vejez no es un problema que haya que resolver
La cultura en la que vivimos trata la vejez casi como una avería: algo que conviene disimular, retrasar o, en el mejor de los casos, mantener entretenido.
Simone de Beauvoir dedicó todo un ensayo, "La vejez", a denunciar precisamente esto: cómo la sociedad aparta a las personas mayores, las vuelve invisibles y las reduce a su deterioro, como si dejar de ser productivo fuera dejar de tener algo que decir.
Desde una mirada existencial, hacerse mayor no es una avería.
Es una etapa de la existencia con sus propias preguntas, tan legítimas y tan profundas como las de cualquier otra edad. La diferencia es que estas ya no se pueden aplazar con la excusa de que "más adelante habrá tiempo". Y eso, lejos de ser solo una pérdida, abre la posibilidad de una honestidad que antes no cabía.
Las pérdidas que cuesta nombrar
Quien envejece va soltando cosas, casi siempre sin haberlo elegido. El papel de quien sostenía a la familia. La profesión que daba forma a las semanas. Amistades que se van marchando y dejan huecos que ya no se llenan. La autonomía de moverse, conducir o decidir sin pedir ayuda.
Lo difícil de estas pérdidas es que no son solo tristeza. Debajo de cada una hay una pregunta de identidad:
¿Quién soy ahora que ya no soy quien fui?
Durante décadas, muchas personas se definieron por lo que hacían y por aquellos a quienes cuidaban.
Cuando todo eso se retira, queda una pregunta incómoda y nueva: ¿quién soy cuando ya no me sostiene ninguno de esos papeles?
Cuando el cuerpo cambia y uno deja de reconocerse
A esa pregunta se suma el cuerpo. El espejo devuelve una imagen que no termina de coincidir con la de dentro, donde uno a menudo se sigue sintiendo la misma persona de siempre. Las limitaciones físicas no son solo molestias: recuerdan, día a día, la finitud. Y aprender a habitar un cuerpo que ya no responde como antes es también un trabajo existencial, no únicamente médico.

Lo que la terapia existencial escucha en esta etapa
Frente a esto, la respuesta más habitual es intentar animar: que se distraiga, que se apunte a actividades, que no piense en cosas tristes. No es mala voluntad, pero deja a la persona sola justo con lo que más le pesa. La terapia existencial hace lo contrario: no esquiva esas preguntas, las acompaña. No para dar respuestas tranquilizadoras, sino para que la persona pueda mirar de frente la finitud, el sentido de lo vivido y la libertad que todavía le queda.
Irvin Yalom, uno de los grandes referentes de la terapia existencial, dedicó buena parte de su obra a la conciencia de la muerte. Su idea, dicha de forma sencilla, es que mirar de cerca la propia finitud no tiene por qué paralizar; a menudo despierta. Cuando alguien deja de fingir que el tiempo es ilimitado, suele aclararse qué importa de verdad y qué puede por fin soltarse.
Mirar atrás sin que se convierta en reproche
Erik Erikson describió la última etapa de la vida como una tensión entre la integridad y la desesperación. La tarea de esos años no es haber tenido una vida perfecta, sino poder mirarla entera, con sus aciertos y sus errores, y reconocerla como propia. Cuando esa mirada hacia atrás se vuelve solo reproche por lo que no fue, aparece la amargura. Cuando logra integrar lo vivido y darle un hilo de sentido, aparece una calma distinta, que no niega lo difícil pero ya no se pelea con ello.
Acompañar este proceso es buena parte del trabajo en esta etapa: ayudar a que el repaso de la propia historia no se convierta en juicio, sino en una forma de reconciliarse con la vida que de verdad se tuvo.
El sentido no tiene fecha de caducidad
Hay una idea de Viktor Frankl que cobra una fuerza especial al final de la vida: el sentido puede encontrarse en cualquier circunstancia, incluso en el sufrimiento y en el último tramo. No hablamos de grandes gestas, sino de cosas concretas. Una relación que aún se cuida. Un recuerdo que por fin se ordena y se cuenta. Algo que todavía se quiere transmitir a quien viene detrás. Una manera de estar presente, aunque sea desde la quietud.
Comprender esto cambia el tono de toda la etapa. La vejez deja de ser solo lo que se pierde y empieza a poder leerse también como un tiempo en el que ciertas preguntas, las de verdad importantes, encuentran al fin espacio para ser miradas.
Si acompañas a alguien mayor, o si eres tú quien está en esta etapa
No hace falta llegar a terapia con las respuestas claras ni con ganas de "ver el lado bueno" de nada. Se puede llegar simplemente diciendo "no sé qué hacer con todo lo que siento ahora que me he hecho mayor", o "veo a mi madre apagarse y no sé cómo acompañarla".
Las dos cosas son un buen punto de partida.

Si quieres ver cómo se trabaja esto con calma y sin prisa, puedes mirar la terapia existencial individual online o escribirnos desde contacto.
No para recibir una fórmula, sino para empezar a poner palabras a lo que esta etapa de la vida trae consigo.



