Desrealización y despersonalización: cuando dejas de sentirte tú y el mundo deja de parecer real
Actualizado: hace 3 días
Hay experiencias difíciles de explicar porque no consisten exactamente en pensar algo extraño, sino en que la propia experiencia de existir cambia.
Puedes estar mirando tus manos y saber perfectamente que son tuyas, pero sentirlas extrañas. Puedes escuchar tu propia voz mientras hablas y tener la sensación de que eres tú quien habla y, al mismo tiempo, de estar observándote desde algún lugar. Puedes caminar por una calle conocida y reconocer cada edificio, cada persona y cada sonido, pero sentir que todo parece ligeramente artificial: plano, distante, cinematográfico.
Y entonces aparece una pregunta inquietante: «si sé que esto es real, ¿por qué no lo siento real?». O una todavía más profunda: «si sé perfectamente quién soy, ¿por qué no me siento yo?».
Estas experiencias reciben dos nombres: despersonalización y desrealización. Y aunque pueden resultar aterradoras, también nos colocan frente a algunas de las preguntas más antiguas de la filosofía: qué es el yo, por qué sentimos que somos nosotros mismos, qué hace que el mundo se sienta real, si existe realmente un observador dentro de nosotros.
Cuando el problema no es saber quién eres, sino sentir que eres tú
En la despersonalización la persona puede experimentar cierta separación respecto a sí misma. No necesariamente pierde su identidad. Sabe cómo se llama. Reconoce su historia. Sabe dónde está. Puede mantener una conversación completamente coherente.
Pero algo ha cambiado en el sentimiento de ser ella misma. Algunas personas lo describen así:
«Es como si estuviera viendo mi vida desde fuera.»
«Sé que soy yo, pero no me siento dentro de mí.»
«Hablo automáticamente y al mismo tiempo me observo hablando.»
«Siento mi cuerpo como si no terminara de pertenecerme.»
«Mis emociones están ahí, pero parece que no consigo alcanzarlas.»
Esta última distinción resulta fundamental. En el trastorno de despersonalización-desrealización normalmente se conserva lo que clínicamente denominamos prueba de realidad: la persona reconoce que esa sensación de irrealidad es una experiencia interna, y no que literalmente haya dejado de existir o que el mundo haya sido sustituido por otro.
Es precisamente esa contradicción la que puede resultar desesperante: sé que es real, pero no lo siento.
¿Y qué hace que normalmente nos sintamos reales?
Casi nunca nos hacemos esta pregunta. Durante un día normal no necesitamos comprobar constantemente si nuestras manos son nuestras, si nuestra voz nos pertenece o si la habitación en la que estamos es real. Simplemente lo damos por supuesto.
Nuestra experiencia habitual contiene una especie de estructura silenciosa: yo estoy aquí, el mundo está ahí, yo estoy viviendo lo que ocurre. No necesitamos pensarla. La sentimos.
La fenomenología, la tradición filosófica desarrollada por autores como Husserl y posteriormente Merleau-Ponty, se interesó precisamente por esta estructura. Antes incluso de preguntarnos qué pensamos sobre el mundo, existe algo más básico: la manera en que el mundo se nos aparece.
No vemos primero una representación cerebral y después concluimos intelectualmente que hay una mesa. Vemos la mesa. No analizamos una secuencia de señales corporales y posteriormente deducimos que tenemos una mano. Sentimos inmediatamente: mi mano. Y no pensamos a cada segundo «yo soy yo». Simplemente existimos desde ese lugar.
La despersonalización y la desrealización parecen alterar precisamente esa evidencia silenciosa.
Desrealización: cuando el mundo sigue siendo real pero deja de sentirse real
En la desrealización la alteración parece dirigirse hacia fuera. La habitación sigue siendo la misma. Las personas siguen siendo las mismas. Los objetos mantienen sus formas. Pero desaparece parcialmente algo difícil de nombrar: la familiaridad del mundo.
Puede aparecer una sensación de distancia, artificialidad, niebla, bidimensionalidad o extrañeza. Algunas personas describen la experiencia diciendo que todo parece una película.
Y esa frase es extraordinariamente precisa. En una película reconocemos perfectamente lo que vemos: personas, casas, árboles, coches. Pero sabemos que existe una separación entre nosotros y aquello que aparece delante. En la desrealización puede sentirse algo parecido aunque intelectualmente sepamos que estamos completamente presentes.
No necesariamente ha cambiado el mundo. Ha cambiado nuestra relación experiencial con él.

El cerebro no se limita a registrar la realidad
Aquí la filosofía encuentra un punto de encuentro con las ciencias cognitivas. Nuestra experiencia no es una cámara que simplemente fotografía lo que existe fuera.
El cerebro selecciona, integra e interpreta constantemente información procedente de la visión, el oído, el cuerpo, la memoria, las emociones, la propiocepción, la atención y las expectativas. Y de todo ello emerge una experiencia sorprendentemente unificada: estoy aquí.
No sentimos millones de procesos independientes. Sentimos un mundo. Y sentimos un yo dentro de él.
Por eso podemos plantear una posibilidad interesante: quizá en la despersonalización y la desrealización no haya desaparecido la realidad. Lo que se ha alterado es la manera habitual en que la conciencia integra nuestra experiencia de nosotros mismos y del mundo.
La investigación actual sigue sin ofrecer una única explicación definitiva de la despersonalización-desrealización: se estudian mecanismos psicológicos y neurobiológicos distintos y probablemente no exista una sola causa aplicable a todas las personas.
Pero entonces, ¿qué es exactamente «el yo»?
David Hume hizo una observación filosófica fascinante. Cuando intentaba mirar hacia dentro buscando su propio yo, decía encontrar percepciones concretas: sensaciones, pensamientos, recuerdos, emociones. Pero no encontraba una sustancia independiente llamada yo.
Esta pregunta sigue siendo inquietante siglos después. Prueba ahora mismo. Puedes observar un pensamiento. También puedes observar una emoción. Puedes notar tu respiración. Puedes observar una imagen mental. Incluso puedes darte cuenta de tu propia sensación corporal.
Entonces aparece la pregunta: si puedo observar todas estas cosas, ¿quién es el que las observa?
Podríamos responder: yo. Pero inmediatamente podemos hacer algo todavía más extraño: observar nuestra propia sensación de ser ese yo. Y entonces aquello que parecía ser el observador se convierte también en algo observado.
Es posible continuar: estoy pensando, sé que estoy pensando, sé que estoy observando que estoy pensando. La conciencia puede volverse sobre sí misma.
Esta capacidad está relacionada con lo que llamamos metaconciencia o conciencia reflexiva. Y puede ser extraordinariamente útil. Pero también tiene una cara menos conocida.
Cuando dejamos de vivir y empezamos a observar continuamente que estamos viviendo
Imagina que en lugar de simplemente mantener una conversación empiezas a preguntarte: ¿soy realmente yo quien está hablando? Después: ¿cómo sé que soy yo? Después: ¿desde dónde estoy observando esto? Después: ¿por qué siento mi voz tan extraña? Y entonces compruebas otra vez cómo te sientes. Y otra. Y otra.
Puede comenzar un circuito: sensación extraña, observación, miedo, comprobación, mayor extrañeza, nueva observación.
La persona ya no solamente vive. Se observa viviendo.
Es una diferencia pequeña lingüísticamente, pero enorme fenomenológicamente. Algo que normalmente funciona en segundo plano, la sensación de ser uno mismo, pasa al primer plano de la atención.
Y aquello que nunca necesitábamos verificar empieza a convertirse en objeto de vigilancia: ¿me siento real ahora?, ¿estoy conectado?, ¿ha vuelto mi sensación normal?, ¿por qué sigo pensando en esto?
Cuanto más intentamos capturar conscientemente una sensación que normalmente aparece de manera espontánea, más extraña puede hacerse. Es parecido a pensar demasiado en cómo caminamos: algo automático empieza a sentirse artificial.
Despersonalización y experiencias de «pérdida del ego» no son lo mismo
Aquí existe una confusión particularmente importante. Muchas tradiciones contemplativas y filosóficas han cuestionado la idea de un yo completamente sólido y separado del mundo. El budismo lo ha hecho durante siglos. También encontramos problemas semejantes en Hume, la fenomenología y diversas filosofías de la conciencia.
Algunas experiencias meditativas incluso describen una disminución de la división habitual entre sujeto y objeto: en lugar de experimentar «yo estoy observando esto» puede aparecer simplemente «hay experiencia».
Desde fuera, alguien podría pensar que esto se parece a una despersonalización. Pero pueden ser experiencias psicológicamente muy diferentes.
En la despersonalización
Puede sentirse una distancia interna: yo y mi cuerpo, yo y mis emociones, yo y mi propia vida.
En la desrealización
La distancia se abre hacia fuera: yo y el mundo.
En determinadas experiencias contemplativas integradas
Lo que puede disminuir es precisamente la distancia: yo, experiencia y mundo dejan de estar separados por una frontera rígida.
Por eso hablar de la despersonalización como una especie de iluminación puede resultar profundamente confuso para alguien que está sufriendo. No sentirse uno mismo no equivale a haber trascendido el yo. Y sentir que el mundo es irreal no significa haber descubierto que la realidad es una ilusión.
La diferencia puede resumirse en una palabra: integración
Una experiencia contemplativa saludable puede implicar menos identificación con los pensamientos y al mismo tiempo más contacto con la experiencia. Puedo pensar «estoy teniendo miedo» en lugar de «soy miedo». Puedo observar un pensamiento sin creer inmediatamente que ese pensamiento me define.
Pero sigo estando en mi cuerpo. Sigo conectado con otras personas. Sigo participando en el mundo. Existe apertura.
En una experiencia disociativa puede ocurrir lo contrario. Cuanto más observo, menos dentro me siento. Cuanto más intento encontrarme, más distante parezco. Cuanto más compruebo si el mundo es real, más extraño puede sentirse.
Podríamos representarlo así. En la disociación: experiencia, separación, observación, mayor separación. En la conciencia integrada: experiencia, observación, aceptación, mayor inclusión.
No se trata simplemente de observar más. Se trata de cómo estamos observando.
¿Entonces debo meditar?
No existe una respuesta universal. La meditación puede ser beneficiosa para muchas personas, pero no toda práctica meditativa es apropiada para toda persona ni para todo momento psicológico.
Una revisión sistemática publicada en Acta Psychiatrica Scandinavica (Farias, Maraldi, Wallenkampf y Lucchetti, 2020), que analizó 83 estudios con 6.703 participantes, encontró una prevalencia global de efectos adversos asociados a prácticas meditativas del 8,3 %, con diferencias notables según el tipo de estudio. Los más frecuentes fueron ansiedad, sintomatología depresiva y anomalías cognitivas. La conclusión razonable no es que la meditación sea perjudicial, sino que la intensidad, el contexto y el tipo de práctica importan, y que conviene ajustarlos a cada persona.
Esto resulta especialmente relevante cuando alguien ya presenta una intensa sensación de separación de sí mismo. Una práctica centrada durante largos periodos en consignas como «quién soy», «observa que tú no eres tu cuerpo» u «observa cómo los pensamientos no son tuyos» puede resultar fascinante para una persona y profundamente desestabilizadora para otra.
Si ya existe despersonalización, muchas veces puede ser más útil inicialmente recuperar contacto antes que aumentar la distancia observadora.
Volver al mundo
Cuando la conciencia se ha vuelto excesivamente autorreferencial, una salida posible no consiste en encontrar intelectualmente la respuesta definitiva a la pregunta «quién soy». Puede consistir en dejar de intentar resolverla durante un momento.
Sentir los pies sobre el suelo. Notar la temperatura. Caminar. Cocinar. Hablar con alguien. Tocar una superficie. Mover el cuerpo. Escuchar música. Orientarse hacia aquello que está fuera. Las estrategias de grounding utilizan precisamente el cuerpo y los sentidos para favorecer la reconexión con uno mismo y con el entorno.
Pero existe algo todavía más profundo: volver a participar en la vida. Porque quizá nuestra sensación de identidad no sea algo que podamos encontrar mirando obsesivamente hacia dentro. Quizá también se construya viviendo.
Somos nuestro cuerpo, pero también nuestros vínculos. Nuestros proyectos. Nuestros deseos. Las decisiones que tomamos. La forma en que amamos. Las cosas que nos importan.
La pregunta existencial no es solamente quién soy
A veces intentamos encontrar el yo como si existiera una respuesta escondida en algún rincón de la conciencia: «tengo que descubrir quién soy realmente».
Pero desde una perspectiva existencial podemos invertir la pregunta. No solamente «quién soy», sino «cómo estoy existiendo». Qué estoy eligiendo. Qué estoy evitando. Con quién estoy conectando. Qué tiene significado para mí. Hacia dónde estoy orientando mi vida.
El yo deja entonces de ser un objeto que tenemos que localizar. Empieza a aparecer como algo que se despliega en nuestra relación con el mundo.
Heidegger insistió precisamente en que la existencia humana no puede comprenderse como una conciencia aislada dentro de una cabeza observando un mundo exterior. Existimos siempre en un mundo. Entre personas. Preocupándonos por cosas. Deseando. Construyendo.
El aislamiento radical del yo observador puede ser una ilusión tan problemática como identificarnos completamente con cada pensamiento que aparece.
Quizá no necesites encontrar al observador
Existe una imagen recurrente cuando hablamos de conciencia: un pequeño yo situado en algún lugar detrás de nuestros ojos mirando todo lo que ocurre. Pero entonces deberíamos preguntar: quién observa desde dentro de ese observador. Y podríamos entrar en una regresión infinita.
Tal vez la pregunta esté mal formulada. Quizá la conciencia no necesite un espectador escondido. Quizá exista simplemente un organismo vivo relacionándose con un mundo, y dentro de esa relación emerja nuestra experiencia de ser alguien.
Desde esta perspectiva, el objetivo terapéutico tampoco tendría por qué ser reconstruir obsesivamente una sensación perfecta de «este soy yo». Puede ser mucho más sencillo y, al mismo tiempo, más profundo: volver a habitar la experiencia.
¿Voy a quedarme así para siempre?
Esta es una de las preguntas que más nos hacen nuestros pacientes que acuden con esta sensación y una de las que más angustia puede generar la despersonalización y la desrealización. Cuando estamos pendientes de nuestra experiencia durante prácticamente todo el día, resulta fácil creer que hemos descubierto algo irreversible sobre nuestra conciencia.
Pero una experiencia puede sentirse radical sin revelar una verdad definitiva acerca de quién somos. Sentirse desconectado no significa haber perdido el yo. Sentir el mundo extraño no significa haber perdido contacto con la realidad. Y preguntarse obsesivamente por la propia conciencia tampoco significa estar volviéndose loco.
Al mismo tiempo, cuando estas experiencias son persistentes, recurrentes, producen mucho sufrimiento o interfieren con la vida cotidiana, merece la pena evaluarlas profesionalmente. La despersonalización y la desrealización pueden aparecer asociadas a diferentes contextos y la evidencia disponible sobre tratamientos específicos todavía es limitada, por lo que comprender la situación particular de cada persona es importante.
No necesitas resolver qué es la conciencia para volver a sentirte presente
Quizá esta sea la idea más importante. La despersonalización puede empujarnos hacia algunas de las preguntas filosóficas más fascinantes que existen. Qué soy. Dónde está el yo. Cómo sé que algo es real. Quién observa mis pensamientos.
Son preguntas legítimas. Y pueden abrir conversaciones extraordinarias sobre conciencia, identidad y existencia. Pero cuando estamos sufriendo, existe el riesgo de convertirlas en un laberinto.
Buscar una certeza absoluta («quiero demostrarme que soy real», «quiero saber exactamente dónde está mi yo», «necesito volver a sentir el mundo como antes») puede mantener nuestra atención atrapada precisamente en aquello que queremos dejar de vigilar.
A veces la salida no consiste en obtener una respuesta intelectual perfecta. Consiste en regresar lentamente: al cuerpo, al presente, a las relaciones, a aquello que deseamos, a aquello que nos importa, al mundo.
Porque quizá estar presente no sea observar constantemente que estamos viviendo. Quizá estar presente sea, simplemente, volver a vivir.
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Referencia: Farias, M., Maraldi, E., Wallenkampf, K. C. y Lucchetti, G. (2020). Adverse events in meditation practices and meditation-based therapies: a systematic review. Acta Psychiatrica Scandinavica, 142(5), 374-393.
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